sábado, 13 de septiembre de 2008

La esquina de los horrores.


Esta semana se me ha antojado larga y agotadora: comienzo de curso -calles infectadas de cachorros humanos en las horas punta. Mis pelos de punta también-. Agotadas las vacaciones, ha costado reiniciar mi sistema tras el reset veraniego. Mi cerebro no se ponía en marcha, tal vez no reconocía a su usuario. Han sido tres semanas seguidas sin usarlo, así que el lunes en el trabajo la cabeza me daba vueltas cada vez que alguien me hacía una pregunta que se saliese de lo más básico. Y al perder los reflejos terminaba a menudo en lodazales de preguntas absurdas y circulares –oh, menuda contrariedad-.

Ahora junto a mi mesa hay una compañera nueva. Entre usuario y usuario a veces la escucho y me sorprendo: me recuerda a alguien vagamente familiar... Qué extraño resulta verme reflejada como en un espejo.
Su mirada, su voz, su actitud en general es bastante transparente. Dicho de otro modo menos poético, se le ve el plumero. De manera que a veces, cuando hay un problemilla con alguien y a mí se me ocurre intervenir, el ambiente se caldea. El cable que pretendía echar no es tal, termino empeorando la cosa, simplemente somos dos iguales frente a uno que termina doblemente cabreado. Matemáticamente.
Nuestras mesas hacen esquina.

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