Una vez más, y sin que sirva de precedente, me mudo de casa. No me gustaba ésta. He encontrado otra menos cara, más luminosa y céntrica, con espacio para mis cosa y mis libros.
Es sólo una mudanza, pero me está estresando. Tengo la casa patas arriba, mi pasillo parece una pista de obstáculos, lleno de cajas apiladas. Dichosas cajas, son una constante en mi vida. De repente, me he dado cuenta de que tengo una falsa y extraña creencia: pienso que voy a ser más feliz por el mero hecho de mudarme. Pero, si no voy a ser más feliz, ¿para qué demonios lo hago? Me rondan este tipo de absurdas reflexiones mientras empaqueto mis cosas. Me he puesto música ad hoc, el no va más de nostálgica -una, que debe ser algo masoquista- para llorar a moco tendido mientras se me amontona la faena de tener que recordar tanto traslado, tanta pena.
Me pregunto si será una maldición familiar que sólo yo he heredado por ser la primogénita. El caso es que no consigo poner el huevo en un sitio. Menuda lacra de herencia. Ay.

No hay comentarios:
Publicar un comentario