Tengo una conocida que padece una extraña, rara y exasperante enfermedad: dice lo primero que le viene a la cabeza sin medir sus hirientes palabras. “Ella es así, no lo hace con mala intención, no se da cuenta...” -dicen algunos-. No me consuela mucho cuando soy el blanco de su lengua-apisonadora. Medito: si no es malintencionada, es que ciertamente no se da cuenta, y si no se da cuenta, en realidad su inteligencia emocional debe ser inferior a la de un niño de tres años. Tampoco me alivia saber que, de hecho, es de lo más demócrata; se mete con todo el mundo por igual. No hace distingos de ningún tipo.
¿Existe en realidad una línea ténue que distingue el carácter mordaz de una lengua viperina? De ser así, supongo que la frontera que separa lo uno de lo otro estriba en el ingenio -del que carece la susodicha- y que francamente haría más llevaderas sus impertinencias.
Creo que sería más divertido que tuviese el síndrome de Gilles de Latourette: resultaría encantadora soltando obscenidades sin control. Del todo preferible a su lengua desatada. Y bífida.

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