jueves, 29 de enero de 2009

Batería agotada.

Llego al jueves arrastrando el cansancio de toda la semana. Ha subido la temperatura repentinamente y me muevo incómoda dentro de mi suéter nuevo de pelo. Estoy deseando llegar a casa para sacar mis pies de las botas. Antes debo pasar por el mecánico. Mi pequeño monstruo, carne de mi carne, ha saboteado una vez más el coche, jugando con la luz interior. Batería nueva. Por el camino repaso mentalmente el instructivo discurso que debo soltarle. Es el único hombre que suele pedirme perdón tras un chorreo de crítica constructiva.

A pesar de mi indulgencia, al nene le dura la pesadumbre hasta que llegamos a casa. Me pongo a hacer cosas, ya al borde del colapso, pero me felicito a mí misma por tener la cena del tragaldabas preparada con antelación, de manera que dispongo de tiempo extra para hundirme en el sofá y chapotear en mi propia penuria. Ea, que está una tristona. Es como si de golpe sintiese el cansancio y el hastío de muchos años. Menos mal que mañana es viernes. Y recargaré baterías.

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