miércoles 14 de enero de 2009

Migajas.

8,00 a.m.
Hace un frío espantoso. Corro como una loca camino del cole, tirando de un pequeño bulto sospechoso con patas y una mochila de Pocoyo a la espalda. Otra vez llego tarde al curro.
En la puerta de la oficina observo consternada, con la lengua fuera y ya sin frío, una larga cola de gente. Supongo que no han debido entender alguna parte de la frase “el horario de atención al público es de 9 a 14 horas”.

2,00 p.m.
El estrés se ha instalado definitivamente en la oficina. Se ceba hasta en el más cachazudo de mis compañeros. Es lo que tiene trabajar en una oficina del paro en plena crisis.

2,26 p.m.
Se nos cuela en la ofi una demente. Nos miramos resignados cuando, al despedirse, asegura que volverá mañana.

3,15 p.m.
Entro por fin en casa arrastrando los pies. Menos mal que está calentita. Mi conciencia inoportuna me recuerda el disgusto que me llevaré cuando llegue la primera factura eléctrica de este invierno. Aparto esa idea de mi cabeza mientras preparo la suculenta tostada con la que me martirizo para mantener a raya al virus estomacal. Al menos, es el nombre con el que he bautizado las extrañas dolencias que me aquejan. Ponerle nombre a las cosas me tranquiliza.

6,00 p.m.
Ahora el bulto sospechoso tira de mí vigorosamente camino de un kiosco. Al parecer, me ha convencido para que le financie una colección de muñecos llamados gormitis. Trato de explicarle los principios de la economía al niño mientras el kiosquero me escucha fascinado.

7,35 p.m.
Empieza Shin-chan, la serie de dibujos animados favorita de mi hijo, de la que sólo aparta la vista un momento para hacer un agudo comentario sobre lo que escribo en el blog, “mecachis mami, sabes escribir en miyúsculas” –dice admirado-. Estoy tan cansada que soy incapaz de corregirlo. La próxima vez será.

9,00 p.m.
Odio las tareas domésticas. Me agotan, me aburren, me descorazonan. Todos los días friego las mismas tazas, hago las mismas camas, lavo, tiendo y doblo la misma ropa. Y las malditas migas de pan están por todas partes, se reproducen varias veces al día sólo para fastidiarme. Estoy demasiado cansada para hacer algo interesante.
En un rapto de ingenua lucidez programo el despertador dos horas antes de lo habitual. Aunque de nuevo mi jodida conciencia me advierte que es altamente improbable que me levante a las cinco de la mañana. Yo ni caso.