miércoles, 4 de marzo de 2009

Otra vez tarde, a.m.

Se me ha vuelto a hacer tarde con el niño, algo que se viene repitiendo para mi fastidio, así que he cogido el coche y conduzco de un humor de perros camino de la oficina. Sé que ocurrirá algo que me pondrá aún más frenética. No es que sea agorera, siempre ocurre. Tal cosa sólo se evitaría si las calles estuviesen desiertas a mi paso. Circunstancia harto improbable por lo que veo: el llegar tarde por las mañanas está de moda.
Espero en un cruce mientras una señora y yo nos observamos. Algo en su mirada bovina me alerta. En efecto, ella, a su vez, espera que yo arranque para -entonces y sólo entonces- cruzarse ágilmente en mi camino.
Ambas somos presas de una profunda irritación: ella, por no haber conseguido su propósito de ser atropellada y yo porque me he debido comer el dibujo de las ruedas con el frenazo.
Por encima de mi disgusto, reconozco el hallazgo. Era una suicida paciente, de eso no hay duda.

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