Vuelvo a estar en primera línea en el curro. Estamos batiendo records con las colas. Y el perfil de la gente está cambiando: personas que nunca habían estado sin trabajo... Vienen con un enorme desconcierto reflejado en sus ojos. Algunas mujeres me cuentan sus penas. Me incomoda y me entristece. Corto la conversación en cuanto puedo, de forma eficiente. Pulso el botón: siguiente cliente...
viernes, 27 de junio de 2008
martes, 17 de junio de 2008
Nemo. Y Dori.
Tengo un amigo -mi MMA(*), en realidad- con una memoria prodigiosa. Autores, títulos, argumentos, fechas, frases exactas... Lo recuerda prácticamente todo. Me resulta asombroso, y yo y mi flaca memoria, que debe ser lo único flaco que tengo, le envidiamos cordialmente.
Desde cría me resultaba aburrido ejercitar la memoria, de forma que, rápidamente me busqué una buena excusa para evitarlo. Hice mía una frase de Einstein (de nombre Albert, éso sí lo recuerdo), con semejante aval, bien podía no remorderme en absoluto la conciencia por no aprenderme las cosas de memoria.
A veces pienso que no fue una buena decisión. Tal vez ocupé mi memoria recordando cosas que no debía...
(*) MMA: Muy Mejor Amigo.
lunes, 16 de junio de 2008
Food, fast food (mi alma está en tinieblas).
Llevo aproximadamente seis meses tratando de quitarme de encima las pizzas que he ido almacenando durante algo más de un año en mis lorzas. Evidentemente, la culpa es de un pizzero maligno, por instalar su negocio junto a mi casa. Cada noche, sus mmmm.... olores, se colaban insidiosamente por la ventana de mi salón.
Menos mal que cerró. Paciencia, me deben faltar otros seis meses de dieta. Maldita fast food. Y qué rica está la jodía.
viernes, 13 de junio de 2008
The Great Pretender
A veces mentir se convierte en algo cotidiano. Y una especie de obligación en aras de la felicidad del prójimo. O la prójima. Lo solemos llamar maquillar la realidad. Otra trola.
Las relaciones sinceras se basan en su uso. Y éste, como todo buen maquillaje, debe ser fluído, natural, casi imperceptible...
jueves, 12 de junio de 2008
Pero tengo su nariz...
¿Hasta qué punto somos responsables de nuestra felicidad?
Observo a mi padre, un ejemplo de obcecación a la hora de perseguir la felicidad toda su vida. Y de perseverancia en aquello de arruinarse. Desde que tengo uso de razón ha sido así.
Cuando yo era adolescente, en las raras ocasiones en las que, en un rapto de lucidez ponía los pies sobre el suelo -muy brevemente, todo sea dicho-, me solía decir que quizá debía conformarse con su vida tal como era y dejar de perseguir sus sueños (y cuando digo sueños no quiero decir metas, que conste).
Cuando cumplí los 18, llegué a la conclusión de que la actitud de mi padre no era un ejemplo a seguir, por lo nefasta. Y que su insistente búsqueda de la felicidad era, en realidad, un escapismo. También constaté que no había heredado su extraño talento emprendedor. Pero sí su nariz, que es exacta a la mía.
Acaba de cumplir 67 y sigue exactamente igual. Ponerle freno a la exasperación que me produce, requiere un gran autocontrol por mi parte. Me pregunto -a sabiendas de la respuesta- si alguna vez vez piensa detener su extraña huída hacia ninguna parte. Y ser feliz por fin.
martes, 3 de junio de 2008
Un día perruno.
Esta mañana, mientras caminaba hacia mi trabajo, se me ha ocurrido una teoría. La cantidad de deposiciones caninas que veo es directamente proporcional a mi mal humor. No se trata, claro está, de que realmente haya más o menos. Supongo que todos los días son aproximadamente las mismas. Pero cuando de repente, no sólo soy consciente de su existencia, sino que me parecen escandalosamente numerosas, es que me he levantado de un humor de perros. Claro.
lunes, 2 de junio de 2008
Cómo hemos cambiado...Pero ella más.
Estoy de un malévolo buen humor. Esta tarde he ido al kiosco a comprar una peonza para mi hijo y mientras me explicaban que hasta septiembre no recibirían más -lo que me va a suponer un ahorro considerable-, una señora me ha llamado por mi nombre. Durante unos instantes embarazosos yo he tratado inútilmente de reconocerla. La escrutaba concentrada pero al fin no he tenido más remedio que rendirme. Y ver como en su mirada, unos segundos antes esperanzada, aparecía la desolación tintada de mala uva. Sobre todo porque, cuando se ha identificado, mi cara de asombro era indisimulable.
Hemos hecho unos breves comentarios, para quitarle hierro a la cosa -más que nada- y mientras nos repasábamos de arriba a abajo mutuamente: "Si es que la última vez que te vi eras casi una niña" -yo- "Claro, y ahora estoy practicamente en la cuarentena" -ella-, como si eso fuese una buena excusa, además de falso. Ya de jovencita, a la amiga pequeña de mi hermana menor le gustaba ponerse años.
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