lunes, 27 de octubre de 2008

La Llorona.


Estoy en la cocina, tratando de escribir algo, mientras se hace el caldito con pelotas que después de casi dos años me he decidido a cocinar. Escucho -más bien oigo- a la Llorona. La Llorona es la hija de una vecina. No sé qué cara tiene, pero todos los días llora con dedicación de cinco de la tarde a diez de la noche. En ocasiones, acierto a entender sus lamentos. No tiene mucho repertorio: va del “esto no me gusta” al “no tengo sueño”, pasando por un impreciso “quiero esto, quiero aquello, dámelo que es mío”. Es odiosa, no tengo nada que añadir.

Me queda una semana, espero no echar de menos a mis vecinos predilectos: la Llorona, la Centaura, y su inefable marido, El Hombre-elefante.

domingo, 26 de octubre de 2008

Viperina.


Tengo una conocida que padece una extraña, rara y exasperante enfermedad: dice lo primero que le viene a la cabeza sin medir sus hirientes palabras. “Ella es así, no lo hace con mala intención, no se da cuenta...” -dicen algunos-. No me consuela mucho cuando soy el blanco de su lengua-apisonadora. Medito: si no es malintencionada, es que ciertamente no se da cuenta, y si no se da cuenta, en realidad su inteligencia emocional debe ser inferior a la de un niño de tres años. Tampoco me alivia saber que, de hecho, es de lo más demócrata; se mete con todo el mundo por igual. No hace distingos de ningún tipo.
¿Existe en realidad una línea ténue que distingue el carácter mordaz de una lengua viperina? De ser así, supongo que la frontera que separa lo uno de lo otro estriba en el ingenio -del que carece la susodicha- y que francamente haría más llevaderas sus impertinencias.
Creo que sería más divertido que tuviese el síndrome de Gilles de Latourette: resultaría encantadora soltando obscenidades sin control. Del todo preferible a su lengua desatada. Y bífida.

sábado, 25 de octubre de 2008

El último. No se admiten apuestas.


Una vez más, y sin que sirva de precedente, me mudo de casa. No me gustaba ésta. He encontrado otra menos cara, más luminosa y céntrica, con espacio para mis cosa y mis libros.
Es sólo una mudanza, pero me está estresando. Tengo la casa patas arriba, mi pasillo parece una pista de obstáculos, lleno de cajas apiladas. Dichosas cajas, son una constante en mi vida. De repente, me he dado cuenta de que tengo una falsa y extraña creencia: pienso que voy a ser más feliz por el mero hecho de mudarme. Pero, si no voy a ser más feliz, ¿para qué demonios lo hago? Me rondan este tipo de absurdas reflexiones mientras empaqueto mis cosas. Me he puesto música ad hoc, el no va más de nostálgica -una, que debe ser algo masoquista- para llorar a moco tendido mientras se me amontona la faena de tener que recordar tanto traslado, tanta pena.
Me pregunto si será una maldición familiar que sólo yo he heredado por ser la primogénita. El caso es que no consigo poner el huevo en un sitio. Menuda lacra de herencia. Ay.