miércoles 17 de diciembre de 2008

Felicity.

El otro día me explicaba una amiga cómo gestiona su vida con eficiencia empresarial. Procura a toda costa que su propia felicidad dependa de ella misma. Puesto que no puede evitar que en algún momento alguien la haga infeliz -aunque sí alejarse de quien tenga semejante osadía-, al menos trata de no causarse desdicha a sí misma.
En principio, de lo más sano. Aunque se me ocurrieron ciertos reparos a su teoría, la verdad es que en esos momentos no me apeteció que mi amiga me despidiese de su holding de amistades por llevarle la contraria.
Ella también aleja de su lado a aquel que la hace demasiado feliz. No puede correr el riesgo de que su felicidad dependa de alguien distinto de ella misma.
En el fondo, la entiendo. Por mucho que me juro que no volverá a ocurrir, antes o después termino hipotecada de entusiasmo hasta las cejas. Es lo malo de ser excesiva. Y ya no tiene una edad, jo.