jueves, 29 de enero de 2009

Batería agotada.

Llego al jueves arrastrando el cansancio de toda la semana. Ha subido la temperatura repentinamente y me muevo incómoda dentro de mi suéter nuevo de pelo. Estoy deseando llegar a casa para sacar mis pies de las botas. Antes debo pasar por el mecánico. Mi pequeño monstruo, carne de mi carne, ha saboteado una vez más el coche, jugando con la luz interior. Batería nueva. Por el camino repaso mentalmente el instructivo discurso que debo soltarle. Es el único hombre que suele pedirme perdón tras un chorreo de crítica constructiva.

A pesar de mi indulgencia, al nene le dura la pesadumbre hasta que llegamos a casa. Me pongo a hacer cosas, ya al borde del colapso, pero me felicito a mí misma por tener la cena del tragaldabas preparada con antelación, de manera que dispongo de tiempo extra para hundirme en el sofá y chapotear en mi propia penuria. Ea, que está una tristona. Es como si de golpe sintiese el cansancio y el hastío de muchos años. Menos mal que mañana es viernes. Y recargaré baterías.

lunes, 26 de enero de 2009

De lunes.

5,00 a.m.
Suena el despertador y hago caso omiso. Al tercer aviso, uno de mis ojos consigue entreabrirse lo suficiente para reprogramarlo a las siete. Llevo una semana así y aún no he logrado levantarme temprano. Me encojo de hombros y seguimos durmiendo mi conciencia y yo.

7,30 a.m.
Hago la cama. O algo parecido. Me cuesta moverme, me duele todo. Lo achaco a que es lunes. Siete estornudos más tarde llego a la conclusión de que estoy irremisiblemente resfriada, no hay duda.

7,20 p.m.
Languidezco en el sofá frente a la tele. A penas consigo concentrarme en la serie mientras divago más y más. Durante la publicidad, al tiempo que veo un anuncio de un Honda, me asalta la extraña idea de que tal vez soy un fenómeno sociológico: me he divorciado dos veces mientras sólo he cambiado de coche una... Llegado a este punto, creo que el termómetro ya no es necesario. Tengo fiebre. Fijo.

jueves, 22 de enero de 2009

Maldita la gracia.


Muy graciosa. El condenao ha dicho que soy graciosa. Nada de fascinante, misteriosa o algo por el estilo. ¿Acaso no me pongo el rimel profusa y correctamente? Entonces, ¿por qué rayos mi mirada no resulta sensual, hipnótica e intensa, tal como asegura su publicidad? Corro mentalmente al Druni a ponerles una reclamación. ¿En qué puñetero guión de qué maldita peli, chico le dice a chica que es graciosa? Y, ¿a qué viene esta tonta y obsesiva visión cinematográfica mía? Si hasta le pongo bandas sonoras a mis recuerdos. Pues tendré que hacérmelo ver. Joder...

miércoles, 21 de enero de 2009

Pero beso mejor que cocino.

9,00 a.m.
He decidido empezar el día de buen talante. Incluso voy a intentar disfrutar con el trabajo. Seré comprensiva y estaré de buen humor.

9,30 a.m.
Ni talante ni nada. Ya estoy atacá. La mayoría de usuarios no hablan mi idioma, y los que lo hacen, no me entienden. Y los que me entienden, se hacen los suecos. Fffffff...

2,30 p.m.
La jefa de área nos recuerda que mañana hará el pedido de material, así que debemos pasarle una nota con lo que necesitemos. ¿El lexatín cuenta como material de oficina?

3,15 p.m.
Hago la compra en el súper. Estoy lanzada hoy: sin que sirva de precedente voy a cocinar. Le pido a mi madre la receta de las alcachofas mientras caigo en la cuenta de que he perdido la olla exprés en uno de mis últimos traslados.

6,00 p.m.
Aguanto el rollo de la vendedora pacientemente y pago mi flamante olla. Debe estar aburrida, la pobre. Ahora ya somos dos.

7,45 p.m.
Cuatro alcachofas flotando en un caldo insípido y traslúcido me miran con asombro desde el fondo de la cacerola. Suspiro resignada y me digo a mi misma con escasa convicción que la próxima vez pondré menos agua. Debo amortizar la exprés. Tal vez el sábado haga un cocido. Ya estoy fantaseando otra vez. Me temo.

jueves, 15 de enero de 2009

La oveja que no era blanca.


Por enésima vez estoy dándole vueltas al tema estrella de esta temporada otoño-invierno: ¿por qué cierta persona cercana a mí hace lo que hace?
Tras sesudas reflexiones, mi mente aterriza en lo que a mí, al menos en este instante, se me antoja un hallazgo: su código interno de conducta es algo rarito. O tal vez sea extremadamente breve. No matarás y poco más.

Durante años me han apenado sus esfuerzos por gustarle a todo el mundo de forma indiscriminada, se resistía a admitir que tal cosa era imposible además de sumamente estúpida. Ahora pienso que no se esforzaba ni hacía mucho por conseguirlo -todo lo contrario, más bien-. Simplemente le disgustaba la no aprobación en general a la vez que deseaba los aplausos en particular.

Tal vez su interés por satisfacer de forma inmediata sus deseos, su manifiesta incapacidad por aplazarlos, explique en gran medida el origen de su forma de actuar. Y vuelta con lo mismo: ¿es patológica su conducta? ¿o es simplemente vocacional? El caso es que me molesta, me molesta mucho.
Una, que es prudente...

miércoles, 14 de enero de 2009

Migajas.

8,00 a.m.
Hace un frío espantoso. Corro como una loca camino del cole, tirando de un pequeño bulto sospechoso con patas y una mochila de Pocoyo a la espalda. Otra vez llego tarde al curro.
En la puerta de la oficina observo consternada, con la lengua fuera y ya sin frío, una larga cola de gente. Supongo que no han debido entender alguna parte de la frase “el horario de atención al público es de 9 a 14 horas”.

2,00 p.m.
El estrés se ha instalado definitivamente en la oficina. Se ceba hasta en el más cachazudo de mis compañeros. Es lo que tiene trabajar en una oficina del paro en plena crisis.

2,26 p.m.
Se nos cuela en la ofi una demente. Nos miramos resignados cuando, al despedirse, asegura que volverá mañana.

3,15 p.m.
Entro por fin en casa arrastrando los pies. Menos mal que está calentita. Mi conciencia inoportuna me recuerda el disgusto que me llevaré cuando llegue la primera factura eléctrica de este invierno. Aparto esa idea de mi cabeza mientras preparo la suculenta tostada con la que me martirizo para mantener a raya al virus estomacal. Al menos, es el nombre con el que he bautizado las extrañas dolencias que me aquejan. Ponerle nombre a las cosas me tranquiliza.

6,00 p.m.
Ahora el bulto sospechoso tira de mí vigorosamente camino de un kiosco. Al parecer, me ha convencido para que le financie una colección de muñecos llamados gormitis. Trato de explicarle los principios de la economía al niño mientras el kiosquero me escucha fascinado.

7,35 p.m.
Empieza Shin-chan, la serie de dibujos animados favorita de mi hijo, de la que sólo aparta la vista un momento para hacer un agudo comentario sobre lo que escribo en el blog, “mecachis mami, sabes escribir en miyúsculas” –dice admirado-. Estoy tan cansada que soy incapaz de corregirlo. La próxima vez será.

9,00 p.m.
Odio las tareas domésticas. Me agotan, me aburren, me descorazonan. Todos los días friego las mismas tazas, hago las mismas camas, lavo, tiendo y doblo la misma ropa. Y las malditas migas de pan están por todas partes, se reproducen varias veces al día sólo para fastidiarme. Estoy demasiado cansada para hacer algo interesante.
En un rapto de ingenua lucidez programo el despertador dos horas antes de lo habitual. Aunque de nuevo mi jodida conciencia me advierte que es altamente improbable que me levante a las cinco de la mañana. Yo ni caso.

lunes, 12 de enero de 2009

Propósitos.

No suelo hacer propósitos de año nuevo. Confieso que una vez me hice el de dejar de fumar. Según sonaron las doce campanadas, encendí un cigarrillo maquinalmente durante el brindis con cava. Fue una señal, seguro. Antes de reyes había abandonado del todo mi propósito.
En realidad, la sensación vital de dejar un año atrás la tengo cuando se acaban las vacaciones de verano, al comienzo del curso académico. Debo tener biorritmos escolares. Digo yo.

domingo, 11 de enero de 2009

Fuera de mi vida. Es una orden.

Me invade una pereza enorme este preciso sábado por la mañana. Afortunadamente quité el árbol de navidad unos días atrás, lo que me hace sentir relativamente a salvo. Empiezo a sospechar que es mi último compañero la causa de tanto cansancio. Agotamiento, diría yo. No llevamos mucho tiempo juntos pero condiciona mi vida, desde que me levanto hasta que me acuesto. He intentado alejarlo de mí, pero es como un centinela, alerta para instalarse y controlarme en cuanto bajo un poco la guardia.
Es él o yo, no aguanto más, se ha apoderado de mi vida. ¿ Por qué nos tuvimos que encontrar, qué o quién te puso en mi camino? Maldito seas, maldito mil veces virus estomacal. Espero y confío que mis defensas te aniquilen por fin.