lunes, 28 de abril de 2008

Descansando en paz.

Hace aproximadamente media vida que me persigue un deseo de forma recurrente: Tener tiempo. Tiempo para hacer lo que quiera. Para no hacer nada, concretamente.
Poder tumbarme en genuina paz. Y sin que ninguna tarea acuciante mordisquee ratunamente el fondo de mi -previamente adormecida- conciencia.
Pero es que no hay manera, siempre me quedan cosas pendientes, parece no tener fin. Y las pocas veces que lo he logrado, mi gen calvinista se ha sublevado repentinamente: "Si tienes tiempo, debes ocuparlo, ¡ya!"

Y entonces una duda si apuntarse a clases de piano, que las históricas carencias musicales son una tarea pendiente de vital importancia... Oh, y dios me libre de olvidarme del deporte, cómo he podido olvidarme así como así de las agujetas, media vida juntas.... Alistarme en un gimnasio de inmediato. ¡ Señor, sí, señor !

Sin bebé.

Repaso los cajones de mi hijo a ver si le viene algo de ropa del verano pasado. Miro la talla de las etiquetas: pone de 4 a 5 años. Mañana cumple 5 y de repente soy dolorosamente consciente de que pronto llenaré el armario con la talla 6. Se me hace un nudo en la boca del estómago. Seis años es mucho. Ya no es mi bebé. Algo en mi interior se rebela ante su insolente forma de crecer.
A traición, va el niño y decide hacerse mayor. Sin previo aviso.
¿Cómo pudiste hacerme esto a mí? ¡ Oh yeah !