El otro día estuve ojeando un libro de mi hijo, que este año ha empezado primaria. El nombre de la asignatura ya me resultó algo enigmático, “Conocimiento del Medio”. En uno de los primeros temas describía lo que se supone es un cuarto de baño convencional. Mencionaba los útiles de aseo y había un ejercício para que el niño/a relacionase cada uno de ellos con la parte del cuerpo correspondiente. Noté que el bidet no aparecía por ninguna parte. Luego había otro en el cual se le pedía al alumno/a que manifestase cuántas veces al día se bañaba, lavaba las manos y cepillaba los dientes. Me pareció una intromisión inadmisible en su intimidad. Llegado ese punto, empecé a mirar sospechosamente cada página, mientras seguía barruntando la ausencia del bidet. Al llegar al siguiente tema, que iba sobre la familia, toda una teoría de la conspiración empezó a cobrar forma en mi mente (tal vez demasiado calenturienta, lo reconozco). Ahí va eso.
Como preámbulo, se mostraba ilustrativamente varios tipos de familia. Pero no todos. A esto yo lo llamo el Sesgo del Bidet-las familias con dos papás y/o dos mamás no estaban-. Sería cosa de la línea editorial, que debía ser homófoba o simplemente ignorante. O sociópata. O producto de un comité mixto de todo lo anterior.
A continuación , en otro intento exquisito de abordar la privacidad, se invitaba al pupilo a que señalase impúdicamente la suya. No pude evitar imaginarme a más de uno diciendo aquello de “señoooo, la mía no saleeeee...”
Y ya en el paroxismo del marujeo, se reproducían distintas imágenes de familias en plena actividad. Muy fino todo: idílico paseo campestre, sesión familiar de tele, lo que hacen las familias normales, vaya. Sin olvidar, por supuesto, el momento bronca (nótese que aquí se sustituye el Sesgo del Bidet por el último grito pedagógico, el Sálvame Escolar)... Seguidamente llegaba la hora de pedirle al niño insidiosamente que marcase con una X cuál de aquellas actividades solía hacer con más frecuencia. Cerré el libro escandalizada. Aún no he conseguido salir del estado de parálisis profunda en la que me ha sumido su lectura.
jueves, 26 de noviembre de 2009
martes, 17 de noviembre de 2009
Alma en pena.
A veces me ocurre que digo algo que más tarde desearía con toda mi alma no haber dicho. Entonces empiezo a sentir una especie de corrosión estomacal de la que no consigo librarme -juraría que mi estúpida adicción a la culpa tiene algo que ver-. Y, como no hay forma de rebobinar y grabar encima, ahí se queda, como un manchurrón pegajoso. En esos momentos desearía tener convicciones católicas. Pero convincentes de verdad, para así librarme de esa repulsiva sensación en un confesionario. Pero no hay manera, así que, heme aquí, convertida en una eterna penitente, pena que te penarás.
Maldita memoria, maldito descreimientos, maldita bocazas.
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