lunes, 23 de marzo de 2009

El día perfecto.



10,30 p.m.

Me caigo de sueño. Y la peli no ha hecho más que empezar. Malditas interrupciones publicitarias. Tras dos anuncios de cosmética, decido no insistir y me voy a dormir.


7,30 a.m.

Tras aplicarme concienzudamente la crema hidratante, constato ante el espejo que mis patas de gallo imaginarias se han atenuado. Mi piel resplandece, más firme, tonificada y tersa. Igualito que en los anuncios. Bendita publicidad.

Me tomo un café aromático acompañado de la tostada perfecta, mientras repaso mentalmente el contenido de mi armario. Saco un brazo por la ventana, para hacerme a la idea de la temperatura exterior. Decido alegrar la mañana de los usuarios y me capuzo un escote. Me cuelgo del brazo mi fantástico bolso comprado en las rebajas y bajo en el ascensor asfixiando al vecino con mi perfume perfecto. Ya en la calle, no he dado más de veinte pasos y... Todo deja de ser como en un anuncio. En fin, mañana será otro día.

sábado, 21 de marzo de 2009

Mininanny.


A partir del lunes mi vida va a cambiar radicalmente, seré más feliz, o al menos eso espero: dispondré de dos horas libres diarias porque al renacuajo portador de mis genes le recogerá del cole una canguro. No es la supernanny de mis sueños, pero va a aliviar considerablemente mi agotadora cotidianeidad.

Últimamente, las jornadas se me antojan cuasi eternas. La poca paciencia que me ha sido asignada la consumo por entero en el trabajo. Para ser exacta, en el primer cuarto de hora, para qué nos vamos a engañar. Soy consciente de que alzo la voz cuando me exaspero porque alguien no me entiende, o se enroca en su negativa a hacerlo, básicamente porque no le gustan mis respuestas. Ay, pero qué trabajo más frustrante... El viernes a más de uno/a de los indecisos que vinieron a solicitar cursos, les hubiese anotado el curso de Prospección Anal. De haber encontrado el código, lo juro. Y lo peor es que se me notaba en la cara. Tal vez, y sólo digo tal vez, lo mío no sea la atención al público.

martes, 10 de marzo de 2009

Quereres.

Ahora es una de las personas que más irritación me produce. Sin embargo, hasta no hace mucho, despertaba mi admiración. Siempre pensé que, de haber querido, hubiese conseguido lo que se hubiese propuesto, tan inteligente me parecía... En ocasiones, era tal mi frustración, que la animaba una y otra vez a estudiar, a escribir, a hacer algo distinto que aprovechase lo que a mí se me antojaba un enorme talento desperdiciado.

De niña, cuando me enviaba a la cama recién empezada una peli, le hacía prometer que me la contaría al día siguiente. Cuando lo hacía, y se podía tirar una hora y media larga, la escuchaba absorta, embelesada, pendiente de su intenso relato. Ya de mayor, cuando llegué a ver alguna, descubrí que era ella la que mejoraba aquellas pelis mediocres. Hubiese sido una excelente guionista. Hubiese podido ser lo que hubiese querido.

Durante mucho tiempo, la casa de mis padres fue un lugar bullicioso, lleno de gente que nos visitaba con frecuencia, mis amigos solían venir a menudo, encantados de compartir charla, bromas, juegos y confidencias con mi madre. Hubiese jurado que me envidiaban. Yo presumía, henchida de satisfacción, de tener la madre más enrollada del mundo. En parte me duele recordar todo aquello cuando la veo ahora. Porque mi madre, de haber querido... Pero su querer, por lo visto, siempre fue el mismo.

Mi madre es una gran referencia para mí. Gracias a ella soy consciente de lo erróneo y autodestructivo que es amar con tal desmesura. Y en lo que te puede llegar a convertir.
Mi frustración ha dado paso a la pena, la pena, a más frustración... Es un maldito bucle del que ni el mejor de los psicoanalistas saldría airoso. Me temo.

miércoles, 4 de marzo de 2009

Otra vez tarde, a.m.

Se me ha vuelto a hacer tarde con el niño, algo que se viene repitiendo para mi fastidio, así que he cogido el coche y conduzco de un humor de perros camino de la oficina. Sé que ocurrirá algo que me pondrá aún más frenética. No es que sea agorera, siempre ocurre. Tal cosa sólo se evitaría si las calles estuviesen desiertas a mi paso. Circunstancia harto improbable por lo que veo: el llegar tarde por las mañanas está de moda.
Espero en un cruce mientras una señora y yo nos observamos. Algo en su mirada bovina me alerta. En efecto, ella, a su vez, espera que yo arranque para -entonces y sólo entonces- cruzarse ágilmente en mi camino.
Ambas somos presas de una profunda irritación: ella, por no haber conseguido su propósito de ser atropellada y yo porque me he debido comer el dibujo de las ruedas con el frenazo.
Por encima de mi disgusto, reconozco el hallazgo. Era una suicida paciente, de eso no hay duda.