jueves, 26 de noviembre de 2009

Sálvame (escolar).

El otro día estuve ojeando un libro de mi hijo, que este año ha empezado primaria. El nombre de la asignatura ya me resultó algo enigmático, “Conocimiento del Medio”. En uno de los primeros temas describía lo que se supone es un cuarto de baño convencional. Mencionaba los útiles de aseo y había un ejercício para que el niño/a relacionase cada uno de ellos con la parte del cuerpo correspondiente. Noté que el bidet no aparecía por ninguna parte. Luego había otro en el cual se le pedía al alumno/a que manifestase cuántas veces al día se bañaba, lavaba las manos y cepillaba los dientes. Me pareció una intromisión inadmisible en su intimidad. Llegado ese punto, empecé a mirar sospechosamente cada página, mientras seguía barruntando la ausencia del bidet. Al llegar al siguiente tema, que iba sobre la familia, toda una teoría de la conspiración empezó a cobrar forma en mi mente (tal vez demasiado calenturienta, lo reconozco). Ahí va eso.


Como preámbulo, se mostraba ilustrativamente varios tipos de familia. Pero no todos. A esto yo lo llamo el Sesgo del Bidet-las familias con dos papás y/o dos mamás no estaban-. Sería cosa de la línea editorial, que debía ser homófoba o simplemente ignorante. O sociópata. O producto de un comité mixto de todo lo anterior.
A continuación , en otro intento exquisito de abordar la privacidad, se invitaba al pupilo a que señalase impúdicamente la suya. No pude evitar imaginarme a más de uno diciendo aquello de “señoooo, la mía no saleeeee...”
Y ya en el paroxismo del marujeo, se reproducían distintas imágenes de familias en plena actividad. Muy fino todo: idílico paseo campestre, sesión familiar de tele, lo que hacen las familias normales, vaya. Sin olvidar, por supuesto, el momento bronca (nótese que aquí se sustituye el Sesgo del Bidet por el último grito pedagógico, el Sálvame Escolar)... Seguidamente llegaba la hora de pedirle al niño insidiosamente que marcase con una X cuál de aquellas actividades solía hacer con más frecuencia. Cerré el libro escandalizada. Aún no he conseguido salir del estado de parálisis profunda en la que me ha sumido su lectura.

martes, 17 de noviembre de 2009

Alma en pena.




A veces me ocurre que digo algo que más tarde desearía con toda mi alma no haber dicho. Entonces empiezo a sentir una especie de corrosión estomacal de la que no consigo librarme -juraría que mi estúpida adicción a la culpa tiene algo que ver-. Y, como no hay forma de rebobinar y grabar encima, ahí se queda, como un manchurrón pegajoso. En esos momentos desearía tener convicciones católicas. Pero convincentes de verdad, para así librarme de esa repulsiva sensación en un confesionario. Pero no hay manera, así que, heme aquí, convertida en una eterna penitente, pena que te penarás.
Maldita memoria, maldito descreimientos, maldita bocazas.

sábado, 25 de julio de 2009

Crítica constructiva.


Paulatinamente él había ido minando su autoestima.
A veces eran simples observaciones sobre su vestuario. Otras, en cambio, eran aparentes bromas por su peso, su silueta o su comportamiento. Los comentarios a cerca de su torpeza intelectual en general eran frecuentes y públicos. Y a pesar de todo esto, lo que más la sacaba de sus casillas era que, nunca, en ningún momento, él la había elogiado ni piropeado por nada.

Un día ella explotó y le dijo al fin lo que pensaba. Él le reprochó: “…desde luego nena, que a ti no se te puede decir nada, como, por lo visto, tú eres Doña Perfectaaaa…”. Y se lo dijo presa de la indignación, mientras la emprendía, furioso, a cucharadas, con el plato de lentejas con cianuro que ella le había preparado.

viernes, 24 de julio de 2009

La felicidad no vende(*)

Pues sí, las entradas de mi blog ya no son lo que eran. Empieza a oler a mustio. Y te preguntas si me pasa algo. Intentaré ser breve:

1.- Mi vida sentimental va genial.
2.- Del tema económico no me puedo quejar, además, he ascendido recientemente y tengo el trabajo al que siempre aspiré.
3.- La salud bien, gracias.

Coño, pues me pasa que soy asquerosamente feliz. Y no se me ocurre nada ingenioso que escribir, o algo sobre lo que despotricar. Y de haberlo, te juro por mis endorfinas que, en medio de esta nube tóxico-rosácea y entontecedora, no veo nada.


* En respuesta al último comentario anónimo.

viernes, 17 de julio de 2009

Sumisión.

Todo el mundo tiene Su misión. Yo también tengo la mía. En realidad he de reconocer que tengo varias, de distinta clase. Mientras la una es gratificante, satisfactoria, divertida y completamente voluntaria, otras, en cambio, son imposiciones contra las que me rebelo y debo llevar a cabo a mi pesar. No me aportan nada, salvo rabia por tener que hacer lo que no quiero. Contra ciertas fuerzas, un cursillo de asertividad de cuarenta horas, me temo que no es suficiente… A veces pienso que, de haber sido mi vida una peli -Matrix, concretamente-, me habría guardado a escondidas la pastillita azul. Para darle una chupadita de vez en cuando, o algo…

jueves, 4 de junio de 2009

En Memoria.

La observo con disimulo mientras mira concentrada la pantalla de su ordenador. Su barbilla, casi un seudópodo, convertida en un sentido más, se aproxima terca al monitor mientras sus ojillos se empequeñecen imposiblemente. Me llega el eco de su conversación, casi nula, sustituida de repente por el lento sonido de su dedo índice sobre el ratón.
Juraría que su estudiada mirada no es otra cosa que una pose, conseguida tras años de esfuerzo y temor por ocultar su profunda ignorancia.
Dicen que el sano cotilleo es bueno para mitigar el estrés. Pues eso...

viernes, 24 de abril de 2009

Soy tu esclavo.


De todos sus esclavos, siempre me he considerado, humildemente, el favorito. Pero ha tenido que llegar la primavera para verme, de repente, colmado de atenciones, mimos y cuidados. Diríase que quisiera presumir de mí, yo que hasta ayer permanecía encerrado, ajeno a las miradas, con la dolorosa sospecha de que se avergonzaba de mí, de mi aspecto carente de glamour –hasta ese punto me mantuvo oculto- .

Observo, henchido de gozo, sonrosado y brillante de satisfacción, como ella, oh ama dilecta, repara en mi indigna existencia. ¿Me equivoco, o tal vez hay un atisbo de aprobación en su mirada? Soy su preferido, no hay duda: he sido el primero de sus esclavos en ser presentado en sociedad. Me lleno de orgullo pensando en ello, mientras me arrastro para asomarme sumiso al minúsculo balcón que ella, mi ama, mayestáticamente erguida sobre mí, me ofrece.


Desde la atalaya de sus sandalias… Siempre a sus pies, mi ama adorada.
Firmado: Tu dedo gordo.

lunes, 23 de marzo de 2009

El día perfecto.



10,30 p.m.

Me caigo de sueño. Y la peli no ha hecho más que empezar. Malditas interrupciones publicitarias. Tras dos anuncios de cosmética, decido no insistir y me voy a dormir.


7,30 a.m.

Tras aplicarme concienzudamente la crema hidratante, constato ante el espejo que mis patas de gallo imaginarias se han atenuado. Mi piel resplandece, más firme, tonificada y tersa. Igualito que en los anuncios. Bendita publicidad.

Me tomo un café aromático acompañado de la tostada perfecta, mientras repaso mentalmente el contenido de mi armario. Saco un brazo por la ventana, para hacerme a la idea de la temperatura exterior. Decido alegrar la mañana de los usuarios y me capuzo un escote. Me cuelgo del brazo mi fantástico bolso comprado en las rebajas y bajo en el ascensor asfixiando al vecino con mi perfume perfecto. Ya en la calle, no he dado más de veinte pasos y... Todo deja de ser como en un anuncio. En fin, mañana será otro día.

sábado, 21 de marzo de 2009

Mininanny.


A partir del lunes mi vida va a cambiar radicalmente, seré más feliz, o al menos eso espero: dispondré de dos horas libres diarias porque al renacuajo portador de mis genes le recogerá del cole una canguro. No es la supernanny de mis sueños, pero va a aliviar considerablemente mi agotadora cotidianeidad.

Últimamente, las jornadas se me antojan cuasi eternas. La poca paciencia que me ha sido asignada la consumo por entero en el trabajo. Para ser exacta, en el primer cuarto de hora, para qué nos vamos a engañar. Soy consciente de que alzo la voz cuando me exaspero porque alguien no me entiende, o se enroca en su negativa a hacerlo, básicamente porque no le gustan mis respuestas. Ay, pero qué trabajo más frustrante... El viernes a más de uno/a de los indecisos que vinieron a solicitar cursos, les hubiese anotado el curso de Prospección Anal. De haber encontrado el código, lo juro. Y lo peor es que se me notaba en la cara. Tal vez, y sólo digo tal vez, lo mío no sea la atención al público.

martes, 10 de marzo de 2009

Quereres.

Ahora es una de las personas que más irritación me produce. Sin embargo, hasta no hace mucho, despertaba mi admiración. Siempre pensé que, de haber querido, hubiese conseguido lo que se hubiese propuesto, tan inteligente me parecía... En ocasiones, era tal mi frustración, que la animaba una y otra vez a estudiar, a escribir, a hacer algo distinto que aprovechase lo que a mí se me antojaba un enorme talento desperdiciado.

De niña, cuando me enviaba a la cama recién empezada una peli, le hacía prometer que me la contaría al día siguiente. Cuando lo hacía, y se podía tirar una hora y media larga, la escuchaba absorta, embelesada, pendiente de su intenso relato. Ya de mayor, cuando llegué a ver alguna, descubrí que era ella la que mejoraba aquellas pelis mediocres. Hubiese sido una excelente guionista. Hubiese podido ser lo que hubiese querido.

Durante mucho tiempo, la casa de mis padres fue un lugar bullicioso, lleno de gente que nos visitaba con frecuencia, mis amigos solían venir a menudo, encantados de compartir charla, bromas, juegos y confidencias con mi madre. Hubiese jurado que me envidiaban. Yo presumía, henchida de satisfacción, de tener la madre más enrollada del mundo. En parte me duele recordar todo aquello cuando la veo ahora. Porque mi madre, de haber querido... Pero su querer, por lo visto, siempre fue el mismo.

Mi madre es una gran referencia para mí. Gracias a ella soy consciente de lo erróneo y autodestructivo que es amar con tal desmesura. Y en lo que te puede llegar a convertir.
Mi frustración ha dado paso a la pena, la pena, a más frustración... Es un maldito bucle del que ni el mejor de los psicoanalistas saldría airoso. Me temo.

miércoles, 4 de marzo de 2009

Otra vez tarde, a.m.

Se me ha vuelto a hacer tarde con el niño, algo que se viene repitiendo para mi fastidio, así que he cogido el coche y conduzco de un humor de perros camino de la oficina. Sé que ocurrirá algo que me pondrá aún más frenética. No es que sea agorera, siempre ocurre. Tal cosa sólo se evitaría si las calles estuviesen desiertas a mi paso. Circunstancia harto improbable por lo que veo: el llegar tarde por las mañanas está de moda.
Espero en un cruce mientras una señora y yo nos observamos. Algo en su mirada bovina me alerta. En efecto, ella, a su vez, espera que yo arranque para -entonces y sólo entonces- cruzarse ágilmente en mi camino.
Ambas somos presas de una profunda irritación: ella, por no haber conseguido su propósito de ser atropellada y yo porque me he debido comer el dibujo de las ruedas con el frenazo.
Por encima de mi disgusto, reconozco el hallazgo. Era una suicida paciente, de eso no hay duda.

jueves, 5 de febrero de 2009

Cumpleaños fatal.

Otra vez es mi cumple. ¿Cómo es posible cumplir cuarenta y tres, si hace nada interioricé que tenía cuarenta y dos? Por fin he llegado a una edad en la que no me hace mucha gracia lo de cumplir años. Ya sé lo que se siente. Me quedan dos telediarios para llegar a cifras realmente feas. Ergo, ya soy mayor. Es un hecho.

Dudo entre una visita de urgencia al druni para hacer provisión de antioxidantes en crema o inflarme a bombones. Me decido por esto último, al fin y al cabo me suena que el chocolate también tiene de eso, y encima sabe bien. Pero nada me consuela.

Las neuronas que me quedan, de lo mejorcito de su promoción, tratan de consolarme. Piénsalo bien, la juventud está sobrevalorada. No es algo tan bueno.
Y un cuerno -me rebelo-, parecer joven es divertido. No es que quiera ser joven, que no quiero, lo que me gustaría es estarlo. O parecerlo al menos. Joven, joven, joven… Repito la palabra como un mantra hasta que pierde todo su sentido. Qué asco. Creo que éste va a ser mi último cumpleaños oficial. O al menos, es lo que me aconsejan, cómplices, mis neuronas añosas.

jueves, 29 de enero de 2009

Batería agotada.

Llego al jueves arrastrando el cansancio de toda la semana. Ha subido la temperatura repentinamente y me muevo incómoda dentro de mi suéter nuevo de pelo. Estoy deseando llegar a casa para sacar mis pies de las botas. Antes debo pasar por el mecánico. Mi pequeño monstruo, carne de mi carne, ha saboteado una vez más el coche, jugando con la luz interior. Batería nueva. Por el camino repaso mentalmente el instructivo discurso que debo soltarle. Es el único hombre que suele pedirme perdón tras un chorreo de crítica constructiva.

A pesar de mi indulgencia, al nene le dura la pesadumbre hasta que llegamos a casa. Me pongo a hacer cosas, ya al borde del colapso, pero me felicito a mí misma por tener la cena del tragaldabas preparada con antelación, de manera que dispongo de tiempo extra para hundirme en el sofá y chapotear en mi propia penuria. Ea, que está una tristona. Es como si de golpe sintiese el cansancio y el hastío de muchos años. Menos mal que mañana es viernes. Y recargaré baterías.

lunes, 26 de enero de 2009

De lunes.

5,00 a.m.
Suena el despertador y hago caso omiso. Al tercer aviso, uno de mis ojos consigue entreabrirse lo suficiente para reprogramarlo a las siete. Llevo una semana así y aún no he logrado levantarme temprano. Me encojo de hombros y seguimos durmiendo mi conciencia y yo.

7,30 a.m.
Hago la cama. O algo parecido. Me cuesta moverme, me duele todo. Lo achaco a que es lunes. Siete estornudos más tarde llego a la conclusión de que estoy irremisiblemente resfriada, no hay duda.

7,20 p.m.
Languidezco en el sofá frente a la tele. A penas consigo concentrarme en la serie mientras divago más y más. Durante la publicidad, al tiempo que veo un anuncio de un Honda, me asalta la extraña idea de que tal vez soy un fenómeno sociológico: me he divorciado dos veces mientras sólo he cambiado de coche una... Llegado a este punto, creo que el termómetro ya no es necesario. Tengo fiebre. Fijo.

jueves, 22 de enero de 2009

Maldita la gracia.


Muy graciosa. El condenao ha dicho que soy graciosa. Nada de fascinante, misteriosa o algo por el estilo. ¿Acaso no me pongo el rimel profusa y correctamente? Entonces, ¿por qué rayos mi mirada no resulta sensual, hipnótica e intensa, tal como asegura su publicidad? Corro mentalmente al Druni a ponerles una reclamación. ¿En qué puñetero guión de qué maldita peli, chico le dice a chica que es graciosa? Y, ¿a qué viene esta tonta y obsesiva visión cinematográfica mía? Si hasta le pongo bandas sonoras a mis recuerdos. Pues tendré que hacérmelo ver. Joder...

miércoles, 21 de enero de 2009

Pero beso mejor que cocino.

9,00 a.m.
He decidido empezar el día de buen talante. Incluso voy a intentar disfrutar con el trabajo. Seré comprensiva y estaré de buen humor.

9,30 a.m.
Ni talante ni nada. Ya estoy atacá. La mayoría de usuarios no hablan mi idioma, y los que lo hacen, no me entienden. Y los que me entienden, se hacen los suecos. Fffffff...

2,30 p.m.
La jefa de área nos recuerda que mañana hará el pedido de material, así que debemos pasarle una nota con lo que necesitemos. ¿El lexatín cuenta como material de oficina?

3,15 p.m.
Hago la compra en el súper. Estoy lanzada hoy: sin que sirva de precedente voy a cocinar. Le pido a mi madre la receta de las alcachofas mientras caigo en la cuenta de que he perdido la olla exprés en uno de mis últimos traslados.

6,00 p.m.
Aguanto el rollo de la vendedora pacientemente y pago mi flamante olla. Debe estar aburrida, la pobre. Ahora ya somos dos.

7,45 p.m.
Cuatro alcachofas flotando en un caldo insípido y traslúcido me miran con asombro desde el fondo de la cacerola. Suspiro resignada y me digo a mi misma con escasa convicción que la próxima vez pondré menos agua. Debo amortizar la exprés. Tal vez el sábado haga un cocido. Ya estoy fantaseando otra vez. Me temo.

jueves, 15 de enero de 2009

La oveja que no era blanca.


Por enésima vez estoy dándole vueltas al tema estrella de esta temporada otoño-invierno: ¿por qué cierta persona cercana a mí hace lo que hace?
Tras sesudas reflexiones, mi mente aterriza en lo que a mí, al menos en este instante, se me antoja un hallazgo: su código interno de conducta es algo rarito. O tal vez sea extremadamente breve. No matarás y poco más.

Durante años me han apenado sus esfuerzos por gustarle a todo el mundo de forma indiscriminada, se resistía a admitir que tal cosa era imposible además de sumamente estúpida. Ahora pienso que no se esforzaba ni hacía mucho por conseguirlo -todo lo contrario, más bien-. Simplemente le disgustaba la no aprobación en general a la vez que deseaba los aplausos en particular.

Tal vez su interés por satisfacer de forma inmediata sus deseos, su manifiesta incapacidad por aplazarlos, explique en gran medida el origen de su forma de actuar. Y vuelta con lo mismo: ¿es patológica su conducta? ¿o es simplemente vocacional? El caso es que me molesta, me molesta mucho.
Una, que es prudente...

miércoles, 14 de enero de 2009

Migajas.

8,00 a.m.
Hace un frío espantoso. Corro como una loca camino del cole, tirando de un pequeño bulto sospechoso con patas y una mochila de Pocoyo a la espalda. Otra vez llego tarde al curro.
En la puerta de la oficina observo consternada, con la lengua fuera y ya sin frío, una larga cola de gente. Supongo que no han debido entender alguna parte de la frase “el horario de atención al público es de 9 a 14 horas”.

2,00 p.m.
El estrés se ha instalado definitivamente en la oficina. Se ceba hasta en el más cachazudo de mis compañeros. Es lo que tiene trabajar en una oficina del paro en plena crisis.

2,26 p.m.
Se nos cuela en la ofi una demente. Nos miramos resignados cuando, al despedirse, asegura que volverá mañana.

3,15 p.m.
Entro por fin en casa arrastrando los pies. Menos mal que está calentita. Mi conciencia inoportuna me recuerda el disgusto que me llevaré cuando llegue la primera factura eléctrica de este invierno. Aparto esa idea de mi cabeza mientras preparo la suculenta tostada con la que me martirizo para mantener a raya al virus estomacal. Al menos, es el nombre con el que he bautizado las extrañas dolencias que me aquejan. Ponerle nombre a las cosas me tranquiliza.

6,00 p.m.
Ahora el bulto sospechoso tira de mí vigorosamente camino de un kiosco. Al parecer, me ha convencido para que le financie una colección de muñecos llamados gormitis. Trato de explicarle los principios de la economía al niño mientras el kiosquero me escucha fascinado.

7,35 p.m.
Empieza Shin-chan, la serie de dibujos animados favorita de mi hijo, de la que sólo aparta la vista un momento para hacer un agudo comentario sobre lo que escribo en el blog, “mecachis mami, sabes escribir en miyúsculas” –dice admirado-. Estoy tan cansada que soy incapaz de corregirlo. La próxima vez será.

9,00 p.m.
Odio las tareas domésticas. Me agotan, me aburren, me descorazonan. Todos los días friego las mismas tazas, hago las mismas camas, lavo, tiendo y doblo la misma ropa. Y las malditas migas de pan están por todas partes, se reproducen varias veces al día sólo para fastidiarme. Estoy demasiado cansada para hacer algo interesante.
En un rapto de ingenua lucidez programo el despertador dos horas antes de lo habitual. Aunque de nuevo mi jodida conciencia me advierte que es altamente improbable que me levante a las cinco de la mañana. Yo ni caso.

lunes, 12 de enero de 2009

Propósitos.

No suelo hacer propósitos de año nuevo. Confieso que una vez me hice el de dejar de fumar. Según sonaron las doce campanadas, encendí un cigarrillo maquinalmente durante el brindis con cava. Fue una señal, seguro. Antes de reyes había abandonado del todo mi propósito.
En realidad, la sensación vital de dejar un año atrás la tengo cuando se acaban las vacaciones de verano, al comienzo del curso académico. Debo tener biorritmos escolares. Digo yo.

domingo, 11 de enero de 2009

Fuera de mi vida. Es una orden.

Me invade una pereza enorme este preciso sábado por la mañana. Afortunadamente quité el árbol de navidad unos días atrás, lo que me hace sentir relativamente a salvo. Empiezo a sospechar que es mi último compañero la causa de tanto cansancio. Agotamiento, diría yo. No llevamos mucho tiempo juntos pero condiciona mi vida, desde que me levanto hasta que me acuesto. He intentado alejarlo de mí, pero es como un centinela, alerta para instalarse y controlarme en cuanto bajo un poco la guardia.
Es él o yo, no aguanto más, se ha apoderado de mi vida. ¿ Por qué nos tuvimos que encontrar, qué o quién te puso en mi camino? Maldito seas, maldito mil veces virus estomacal. Espero y confío que mis defensas te aniquilen por fin.