jueves, 12 de junio de 2008

Pero tengo su nariz...

¿Hasta qué punto somos responsables de nuestra felicidad?
Observo a mi padre, un ejemplo de obcecación a la hora de perseguir la felicidad toda su vida. Y de perseverancia en aquello de arruinarse. Desde que tengo uso de razón ha sido así.
Cuando yo era adolescente, en las raras ocasiones en las que, en un rapto de lucidez ponía los pies sobre el suelo -muy brevemente, todo sea dicho-, me solía decir que quizá debía conformarse con su vida tal como era y dejar de perseguir sus sueños (y cuando digo sueños no quiero decir metas, que conste).
Cuando cumplí los 18, llegué a la conclusión de que la actitud de mi padre no era un ejemplo a seguir, por lo nefasta. Y que su insistente búsqueda de la felicidad era, en realidad, un escapismo. También constaté que no había heredado su extraño talento emprendedor. Pero sí su nariz, que es exacta a la mía.
Acaba de cumplir 67 y sigue exactamente igual. Ponerle freno a la exasperación que me produce, requiere un gran autocontrol por mi parte. Me pregunto -a sabiendas de la respuesta- si alguna vez vez piensa detener su extraña huída hacia ninguna parte. Y ser feliz por fin.