Qué extraña satisfacción me embarga cuando quito unos cuantos bártulos de enmedio; cuando he despejado la mesa de la cocina -sobre todo porque no me quedaba espacio para depositar la taza de café- he tenido un subidón. Cuántos momentos anticipatorios al respecto: Debo hacerlo, lo haré, bueno, es mi cocina y a mí no me molesta, ¿o sí me molesta? ¿Ser desordenada es una cuestión de prioridades? ¿Y cuando una se decide a poner orden (sin que sirva de precedente), por qué sobrenatural motivo dura tan poco sus efectos?
Definitivamente, con lo demócrata que soy, la dictadura del orden tiene los días contados. Aún así, de vez en cuando le doy una oportunidad a las minorías.
P.D.: Sigo dejando migas en la encimera.
