sábado, 20 de diciembre de 2008

Naturalmente.


De un tiempo a esta parte me obsesiona -ligeramente- el determinismo biológico. El tema de la maternidad, por ejemplo. A mí no me gustan los niños; no obstante, cuando empecé a acercarme a los treinta y cinco años, una fuerza desconocida me hizo desear uno a toda costa, de manera inapelable. Siguen sin gustarme. Pero ahora la cosa ya está hecha. La puta madre naturaleza debe estar orgullosísima del resultado de su manipulación.

Luego, leo cosas que le ponen a una los pelos como escarpias: también la gente se empareja por condicionamientos biológicos. Y, de la misma manera que ya no percibo mi perfume, porque mi olfato se ha acostumbrado a él, las feromonas, antes o después -y no es por ser agorera, pero suele ser más bien antes...-, dejan de ejercer su influjo. ¿ Los divorcios son en realidad un imperativo biológico, un cambio de nariz antes que un cambio de pareja ?

No falla. De repente soy consciente de que no hay vida más allá. Sólo me queda aferrarme al consuelo de que es invierno. Con el frío, la gente huele menos. ¿ O no ?