Llevo media tarde enfadada. Como uno de esos cochecitos de juguete que ruedan solos, a ciegas, y cuando chocan contra algo se dan media vuelta para volver a chocar torpe y resignadamente contra el siguiente obstáculo. Es lo más parecido a lo que siento cuando tengo la turbadora impresión de que alguien trata de engañarme.
De repente he recordado la útil existencia de los libros de reclamaciones. Mmmm... Nada como una buena queja por duplicado -puntualmente enviada al Servicio de Consumo- para devolverme la paz interior. ¡Qué a gusto se queda una...!
