Estoy en la cocina, tratando de escribir algo, mientras se hace el caldito con pelotas que después de casi dos años me he decidido a cocinar. Escucho -más bien oigo- a la Llorona. La Llorona es la hija de una vecina. No sé qué cara tiene, pero todos los días llora con dedicación de cinco de la tarde a diez de la noche. En ocasiones, acierto a entender sus lamentos. No tiene mucho repertorio: va del “esto no me gusta” al “no tengo sueño”, pasando por un impreciso “quiero esto, quiero aquello, dámelo que es mío”. Es odiosa, no tengo nada que añadir.
Me queda una semana, espero no echar de menos a mis vecinos predilectos: la Llorona, la Centaura, y su inefable marido, El Hombre-elefante.
