lunes, 29 de septiembre de 2008

Que no y que no.

Ser portador de malas noticias no es nada agradable. A diario me toca esa penosa tarea más de una vez en mi trabajo y no me gusta. Me pregunto entonces cómo hace la gente cuya profesión lleva asociada esa característica. Yo me siento mal. Supongo que con el tiempo se vuelve una más impermeable. Pero hoy tengo la sensación de que trabajo en la Oficina del Cabreo, la Frustración y la Desesperanza. Que viene a ser lo mismo que la Oficina de Empleo. Para qué nos vamos a engañar, ea.

viernes, 26 de septiembre de 2008

De mi sangre.

Posiblemente sea una de las personas que más veces me ha dicho que me quiere. Y la que más ha mentido al respecto. He tenido casi cuarenta años para constatar que ella sólo se ama a sí misma. Y a nadie más. Y ni siquiera en eso es generosa.

miércoles, 24 de septiembre de 2008

Quejíos.

Llevo media tarde enfadada. Como uno de esos cochecitos de juguete que ruedan solos, a ciegas, y cuando chocan contra algo se dan media vuelta para volver a chocar torpe y resignadamente contra el siguiente obstáculo. Es lo más parecido a lo que siento cuando tengo la turbadora impresión de que alguien trata de engañarme.
De repente he recordado la útil existencia de los libros de reclamaciones. Mmmm... Nada como una buena queja por duplicado -puntualmente enviada al Servicio de Consumo- para devolverme la paz interior. ¡Qué a gusto se queda una...!

martes, 23 de septiembre de 2008

La Náusea.

A veces me disgusta la gente en general. Los/as desconocidos en particular. Camino por la calle, los miro y se desata en mi interior una oleada brusca de repulsión. Bueno, en el trabajo también me pasa. Me suele ocurrir con más frecuencia en primavera y verano. Tal vez sea una respuesta a la salvaje agresión que sufre mi olfato. Cómo añoro en esos momentos mis sempiternos constipados invernales. Y no es cuestión de culparme a mí misma por tener tan buen olfato y percibir los intensos olores corporales ajenos, digo yo.

lunes, 22 de septiembre de 2008

Primitiva.

La semana pasada fantaseé con que me tocase la lotería primitiva. En concreto el bote. La idea anduvo cosquilleándome insidiosamente... No dejaría de trabajar, ya que la vida ociosa perjudica fatalmente mi salud. Y de rebote, la de los que me rodean, para qué nos vamos a engañar. Sin embargo pagaría a otros para que realizasen por mí las tareas que no me gustan. Me libraría así del estrés improductivo y el malhumor que me acogota cada vez que tengo que hacer la compra, limpiar la casa, resumiendo: las labores domésticas nada gratificantes que hipotecan ignominiosamente mi vida diaria. No es en vano la mala prensa de la doble jornada. Llegaría a casa después del curro y tooodo estaría limpio, en orden. La ropa lavada, planchada y en su sitio, las camas hechas, el frigo bien provisto. Y sí, en el colmo de la dicha, mi pequeño monstruo tendría una supernanny. Nunca juego a la primitiva, aunque supongo que ése es un pequeño detalle sin importancia.

lunes, 15 de septiembre de 2008

Extramundi (A Coruña).

Este verano he pasado unos días en Galicia. Éramos tres: un amigo (mi MMA), un GPS y yo.
Durante este viaje he recordado cómo aumentan los divorcios en esta época del año y he llegado a la conclusión de que, por fuerza, la generalización del uso de los GPS ha influido notablemente en su incremento. Las típicas discusiones sobre el camino a tomar, que si “cariño, toma la segunda a la izquierda”, interrumpidas por una voz femenina, “…en la siguiente rotonda tome la primera salida a la derecha”, seguido de un lastimoso “¿pero por qué siempre le haces más caso a ella que a mí?”.

La aparición de un tercero suele generar conflictos, aunque sea una mosca cojonera en forma de maquinita. En este caso, el artilugio diabólico y cizañero siempre nos llevará la contraria, pero tal vez nos deje boquiabiertos al hacernos pasar por un pueblo llamado Extramundi. Y eso sí que tiene gracia, la verdad.

sábado, 13 de septiembre de 2008

La esquina de los horrores.


Esta semana se me ha antojado larga y agotadora: comienzo de curso -calles infectadas de cachorros humanos en las horas punta. Mis pelos de punta también-. Agotadas las vacaciones, ha costado reiniciar mi sistema tras el reset veraniego. Mi cerebro no se ponía en marcha, tal vez no reconocía a su usuario. Han sido tres semanas seguidas sin usarlo, así que el lunes en el trabajo la cabeza me daba vueltas cada vez que alguien me hacía una pregunta que se saliese de lo más básico. Y al perder los reflejos terminaba a menudo en lodazales de preguntas absurdas y circulares –oh, menuda contrariedad-.

Ahora junto a mi mesa hay una compañera nueva. Entre usuario y usuario a veces la escucho y me sorprendo: me recuerda a alguien vagamente familiar... Qué extraño resulta verme reflejada como en un espejo.
Su mirada, su voz, su actitud en general es bastante transparente. Dicho de otro modo menos poético, se le ve el plumero. De manera que a veces, cuando hay un problemilla con alguien y a mí se me ocurre intervenir, el ambiente se caldea. El cable que pretendía echar no es tal, termino empeorando la cosa, simplemente somos dos iguales frente a uno que termina doblemente cabreado. Matemáticamente.
Nuestras mesas hacen esquina.